martes, 28 de enero de 2014

Efectos físicos de trabajar con el miedo y otras emociones

Cuando uno trabaja las enfermedades a través de la BioNeuroEmoción, u otro tipo de terapias que están en esa misma línea, lo que está haciendo es, en realidad, deshacer un “programa” de comportamiento que lleva anidado en su inconsciente, ya sea porque ha sido heredado, o porque ha sido aprendido, o porque lo ha adquirido como creencia. Por ejemplo, una persona puede tener la creencia de que debe comportarse siempre y en todo lugar de forma “correcta”, de modo que cuando se siente atacado por alguien, su impulso natural de contestar se ve reprimido. Como ya venimos viendo, todo aquello que reprimimos, está siendo otorgado de una creencia, de una fuerza. Esa represión puede ocasionar, si se da repetidamente en el tiempo y como algo doloroso, en un síntoma o en una enfermedad. Por ejemplo, la persona que tiende a reprimir frecuentemente sus palabras, puede tener problemas en la garganta. ¿Qué nos dice el dolor de garganta? Pues que esa represión está haciendo daño a la persona. De este modo, nosotros trabajamos el mensaje tratando de deshacer la creencia de que uno es malo por decir lo que piensa. 

Por supuesto, no se trata de dar rienda suelta a nuestros impulsos animales, pues eso sería, también, como les pasa a muchas personas, darles creencia y veracidad a esos impulsos; de lo que se trata es de conocerlos, de detectarlos, para que no crezcan. Cuando uno observa un problema en su raíz, puede desecharlo, pero cuando uno observa solo las ramas podridas, por mucho que se esmere en podarlas, seguirán saliendo podridas, si lo está toda la planta. Obviamente, tener una “planta podrida” en nuestro interior, no es sano. Por eso, emociones como el odio, la envidia, la avaricia, el juicio o la culpa, que son plantas podridas, tenemos el impulso de “cortarlas”. Sin embargo, si no vamos a su raíz, la poda es un trabajo eterno. Ir a la raíz es ir a los “programas” que las encienden, es ir a la mente, aunque hay que tener muy claro que la mente, por sí misma, nunca puede hacer el trabajo que en realidad realiza el corazón. La mente, por sí misma, no puede acabar, por ejemplo, con el odio, pues ella misma lo produce. Lo que la mente puede
hacer es entregar ese problema al corazón, soltarlo, quitarle la creencia y, obviamente, reconocer que existe ese problema en ella. Si la mente no lo suelta, el corazón no puede deshacerlo. Por eso insistimos tanto en la importancia de observar el problema, para después, soltar y dejar que el corazón deshaga lo que la mente hizo.
La mente actúa en el cuerpo físico, de modo que un programa que ha sido perjudicial durante mucho tiempo, ha dejado su huella física, aunque no haya llegado a ser enfermedad. Cuando uno quita uno de estos programas, suele venir un periodo de reajuste en el cuerpo. Muchas veces se da el caso de que el organismo entra en fiebre, puesto que las defensas actúan combatiendo a los “agentes” que han sido activados por el programa.

He podido comprobar, por mi propia experiencia, que el proceso de observación del miedo, desprogramar el miedo en uno, puede traer después un proceso físico en el que puede producirse fiebre, sensación de cansancio, hambre o sueño. El cuerpo nos está diciendo aquí que es necesario dejarle procesar la nueva situación. Hemos vivido durante mucho tiempo de una determinada forma, y al quitar ese “pilar” hemos de darle un tiempo al organismo para que se habitúe a vivir sin ello. En estos casos la fiebre puede ser un simple proceso de limpieza.

Aún así, en ningún caso decimos que no tenga que acudirse al médico o ser controlado por un profesional de la salud; en este caso estamos simplemente hablando de la parte más espiritual y mental de un proceso físico, complementario con cualquier otro tipo de cuidados a los que esté acostumbrada la persona.

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